12/7/07

Leer cuesta esfuerzo

Era post-Gutenberg

Eulàlia Solé
Cuando una encuesta reciente descubre que, por término medio, sólo se lee un libro cada cinco meses, cabe deducir que algunas personas no lo hacen nunca. Se sobreentiende que se trata de leer por placer, no como una obligación ligada al aprendizaje. Siempre que se aportan pruebas de hábitos culturales que intuíamos de antemano surgen lamentos por la incultura en que nos vamos sumergiendo. ¿Y por qué consideramos que la cultura está relacionada con el acto de leer?

Depende de lo que se lea, es evidente, pero se supone que la extensión de la enseñanza reglada a toda la población ha de proporcionar suficiente criterio para elegir adecuadamente. Mas esto es mucho suponer, ya que se demuestra que la vida cotidiana funciona extramuros de la escuela y de lo en ella enseñado, no siempre aprendido. Y si subimos un escalón hasta llegar a la universidad, se hace patente que los planes de estudio están guiados por la rentabilidad económica más que por el humanismo y el desarrollo personal no monetario.

Asumida la noción de que lo importante es ganar dinero, cabe preguntarse en qué se va a utilizar ese dinero, en qué se espera encontrar satisfacción. No en la lectura, queda claro; sí en el cúmulo de audiovisuales que nos asedian. La televisión ha dejado de ser la única caja tonta a la que achacar todos los males. Las fuentes dañinas contra los libros son ahora otras muchas y más potentes. Internet, móviles, videojuegos... Se apoderan del tiempo de ocio con tales tentáculos que acabarán por reducir la lectura y la escritura a unos pocos intelectuales, a semejanza de los monjes en la edad media, época llena de analfabetos. Para la cibernética y los juegos virtuales hay que saber leer, pero no necesariamente hay que ser capaz de razonar sobre cuestiones importantes.

Que la sociedad occidental se hunde en el infantilismo lo han dicho varios pensadores; que la diversión consiste más y más en bobadas, se percibe a diario sin que ningún sabio tenga que desvelarlo. Y sabemos que los niños no se percatan con rigor de lo que ocurre en su entorno. Ellos no deciden, se limitan a cargar con lo que los mayores realizan, bien o mal.

Siendo que el afán de los mandatarios es el lucro, el producto que se obtendrá difícilmente será sensato, culto y loable. Tecnología, altavoces, colorines para distraer a la gente de lo verdaderamente interesante y de los problemas que le conciernen. Estos que, tarde o temprano, en la forma que sea, caerán sobre su tejado de paja.

E. SOLÉ, socióloga y escritora

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